
No era de esos hombres que buscan la comodidad y la vida tranquila. Por el contrario, entabló un vínculo cercano con el complejo mundo de la marginación y la dureza carcelaria.
A la edad de 12 años ingresó al seminario, y aunque parezca difícil de entender él ya tenía su vocación bien definida. Es evidente que estaba convencido porque de otra manera no hubiese podido sobrellevar la rigurosidad de su formación. Sus maestros, la mayoría jesuitas, le enseñaron a vivir en el amor de Dios y la transmitieron una fe firme para que siempre se dirigiese hacia lo alto.
Sus compañeros dicen que jugaba bien al fútbol y que nunca dejó de mostrar su pasión por Boca. Sin embrago, fue su gusto por la música lo que le trajo algunos contratiempos. Sus formadores le prohibieron tocar la armónica porque, según ellos, eso lo distraía de sus estudios. De todos modos, el siguió practicando en secreto porque tocaba bien casi cualquier tango.
En el año jubilar de 1950 lo ordenaron sacerdote, tenía 27 años y lo enviaron a San Nicolás de Bari. Fue testigo de los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II y luego de aprender latín y griego a la perfección se adaptó con agrado a las nuevas formas de celebrar: en castellano y de frente al pueblo.
Tuvo la habilidad de lograr un buen balance entre las cosas nuevas y las viejas, aceptando unas sin desmerecer las otras. Le apasionaba el latín y el canto gregoriano y era un gran lector de de autores como Jaques Maritain entre otros, algo cuestionados en su tiempo por su visión renovadora. Le encantaba la vida de cura Brochero y la conocía al detalle. También leía a Meinvielle y a Castellani: sacerdotes que lograron cierta fama por sus razonamientos críticos.
Padeció la quema de iglesias en tiempo de Perón y contaba que en el saqueo a San Nicolás de Bari escapó con el santísimo antes de que lo robaran.
Su primera parroquia la tuvo en San Juan, donde desarrolló una intensa acción pastoral en una zona muy extensa. Allí, además de su función de cura, también hizo de albañil para ayudar a la gente a vivir mejor.
Se enteró luego que hacía falta sacerdotes en las cárceles, así ingresó en la pastoral penitenciaria.
Dedicó la mayor parte de su vida sacerdotal allí y conoció todos los penales del país. Era profesor en la escuela de cadetes, enseñaba filosofía. Muchos de sus estudiantes eran gente humilde pero con potencial para carreras importantes. El siempre les recomendaba que siguieran sus estudios al egresar. Unos cuantos siguieron el consejo y se recibieron de médicos y abogados.
Hizo gran amistad con los presos y se ocupaba de que sus familias estuvieran lo mejor posible. Al salir de la cárcel les ayudaba a conseguir empleo y a recuperar su vida social.
En el año 94 se jubiló y lo mandaron de capellán a una casa de monjas. Los obispos querían que estuviera cómodo y tranquilo, pero él no se sentía a gusto. No despreciaba su nuevo destino pero sabía que el lugar no era para él. Necesitaba hacer algo más por los exconvictos que trataban de reinsertarse en la sociedad.
Pidió una parroquia donde pudiera empezar un emprendimiento laboral y llegó a Santa Inés el 11 de septiembre de 1995. Inició la fábrica de muñecos de peluche, una empresa que ya había hecho funcionar en la cárcel junto con una panadería. Los universitarios, como él llamaba a los que salían, tenían allí un trabajo temporal.
También los incorporó a las tareas pastorales, uno que había estado preso trató de iniciar un grupo de juventud. También reforzó las instituciones que existían; dio un gran aporte a Caritas parroquial y reforzó la catequesis con nuevas catequistas que le recomendó un párroco amigo. Era muy raro que faltara a las reuniones del Centro de Jubilados, y disfrutaba mucho cantando con el ministerio de música. Luego fundó el Grupo Scout e intentó la formación de otras asociaciones de jóvenes, como misioneritos.
Disfrutaba mucho las reuniones, le gustaba festejar a la comunidad, verlos a todos juntos cantar y divertirse. Y los fieles se alegraban de festejar a su cura aunque el dijera no quiero nada, no quiero nada. Así que lo armaban todo en secreto y le caían de sorpresa después de la misa de la tarde.
Estuvo 11 años en Santa Inés y casi no tomó vacaciones. El tiempo que estuvo ausente fueron las dos veces que lo operaron. Una hernia primero y luego el estómago. Volvió bastante maltrecho en la segunda intervención a causa de la anestesia, pero no decía una palabra ni mostraba un gesto de dolor. Lo que sufría era duro, tenía además del malestar momentos de ceguera y reconocía a la gente solo por la voz. Se ponía un poco gruñón pero no se quejaba.
De a poco se fue reponiendo, y su capacidad de trabajo nunca decayó. A pesar de sus problemas para caminar y su renuencia a usar el bastón nada le impidió hacer muchas mejoras a la parroquia. Renovó las canaletas de los techos e hizo la impermeabilización total, hizo instalar un equipo de sonido de alta calidad, arregló los problemas de humedad en el templo y las casa, reformó lo salones y la sacristía. Hizo la vereda a nuevo y también se encargó del mantenimiento de la casa de Caritas. La comunidad ayudaba como podía pero la mayor parte del dinero para los arreglos los ponía de su sueldo de capellán retirado. Se enojaba cuando alguien decía esto porque no le gustaba que la gente supiera de sus donaciones de dinero.
Alguien, una vez le preguntó, ¿por qué lo hace?, si usted puede usar el dinero para otra cosa. A lo que contestó: el dinero está y yo un día no voy a estar, así que prefiero que quede aquí en estas cosas que sí son importantes.
Si alguna persona dijo bien como fue el padre Hugo, es el padre Martín Puerto de los Camilos: en su casa siempre había lugar para todos – dijo en la misa excequial y la gente lo aplaudió. El hablaba con todos, recibía a quien sea y con todos compartía su tiempo y su mate. Trabajaba para la comunidad y con ella… lo hacía a su modo, claro, pero no se puede negar que conocía muy bien a todos. No hay duda que los miraba con el alma y el corazón.
Se fue de la parroquia sin despedidas. Los hizo un día de febrero, esperó que los scouts volvieran de campamento y anunció que se iba en ese momento. Todos quedaron shockeados, muchos lloraron, fue un día muy triste. El iniciaba el último tramo de su misión en este mundo y la comunidad empezaba a vivir sin él.
Por eso, el 30 de diciembre, los fieles de Santa Inés realizaron la más grande de todas las despedidas y dieron el adiós al que supo ser más que un párroco: fue padre, hermano, amigo y maestro. Que el Señor de la Vida lo reciba por siempre en su Casa.
A la edad de 12 años ingresó al seminario, y aunque parezca difícil de entender él ya tenía su vocación bien definida. Es evidente que estaba convencido porque de otra manera no hubiese podido sobrellevar la rigurosidad de su formación. Sus maestros, la mayoría jesuitas, le enseñaron a vivir en el amor de Dios y la transmitieron una fe firme para que siempre se dirigiese hacia lo alto.
Sus compañeros dicen que jugaba bien al fútbol y que nunca dejó de mostrar su pasión por Boca. Sin embrago, fue su gusto por la música lo que le trajo algunos contratiempos. Sus formadores le prohibieron tocar la armónica porque, según ellos, eso lo distraía de sus estudios. De todos modos, el siguió practicando en secreto porque tocaba bien casi cualquier tango.
En el año jubilar de 1950 lo ordenaron sacerdote, tenía 27 años y lo enviaron a San Nicolás de Bari. Fue testigo de los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II y luego de aprender latín y griego a la perfección se adaptó con agrado a las nuevas formas de celebrar: en castellano y de frente al pueblo.
Tuvo la habilidad de lograr un buen balance entre las cosas nuevas y las viejas, aceptando unas sin desmerecer las otras. Le apasionaba el latín y el canto gregoriano y era un gran lector de de autores como Jaques Maritain entre otros, algo cuestionados en su tiempo por su visión renovadora. Le encantaba la vida de cura Brochero y la conocía al detalle. También leía a Meinvielle y a Castellani: sacerdotes que lograron cierta fama por sus razonamientos críticos.
Padeció la quema de iglesias en tiempo de Perón y contaba que en el saqueo a San Nicolás de Bari escapó con el santísimo antes de que lo robaran.
Su primera parroquia la tuvo en San Juan, donde desarrolló una intensa acción pastoral en una zona muy extensa. Allí, además de su función de cura, también hizo de albañil para ayudar a la gente a vivir mejor.
Se enteró luego que hacía falta sacerdotes en las cárceles, así ingresó en la pastoral penitenciaria.
Dedicó la mayor parte de su vida sacerdotal allí y conoció todos los penales del país. Era profesor en la escuela de cadetes, enseñaba filosofía. Muchos de sus estudiantes eran gente humilde pero con potencial para carreras importantes. El siempre les recomendaba que siguieran sus estudios al egresar. Unos cuantos siguieron el consejo y se recibieron de médicos y abogados.
Hizo gran amistad con los presos y se ocupaba de que sus familias estuvieran lo mejor posible. Al salir de la cárcel les ayudaba a conseguir empleo y a recuperar su vida social.
En el año 94 se jubiló y lo mandaron de capellán a una casa de monjas. Los obispos querían que estuviera cómodo y tranquilo, pero él no se sentía a gusto. No despreciaba su nuevo destino pero sabía que el lugar no era para él. Necesitaba hacer algo más por los exconvictos que trataban de reinsertarse en la sociedad.
Pidió una parroquia donde pudiera empezar un emprendimiento laboral y llegó a Santa Inés el 11 de septiembre de 1995. Inició la fábrica de muñecos de peluche, una empresa que ya había hecho funcionar en la cárcel junto con una panadería. Los universitarios, como él llamaba a los que salían, tenían allí un trabajo temporal.
También los incorporó a las tareas pastorales, uno que había estado preso trató de iniciar un grupo de juventud. También reforzó las instituciones que existían; dio un gran aporte a Caritas parroquial y reforzó la catequesis con nuevas catequistas que le recomendó un párroco amigo. Era muy raro que faltara a las reuniones del Centro de Jubilados, y disfrutaba mucho cantando con el ministerio de música. Luego fundó el Grupo Scout e intentó la formación de otras asociaciones de jóvenes, como misioneritos.
Disfrutaba mucho las reuniones, le gustaba festejar a la comunidad, verlos a todos juntos cantar y divertirse. Y los fieles se alegraban de festejar a su cura aunque el dijera no quiero nada, no quiero nada. Así que lo armaban todo en secreto y le caían de sorpresa después de la misa de la tarde.
Estuvo 11 años en Santa Inés y casi no tomó vacaciones. El tiempo que estuvo ausente fueron las dos veces que lo operaron. Una hernia primero y luego el estómago. Volvió bastante maltrecho en la segunda intervención a causa de la anestesia, pero no decía una palabra ni mostraba un gesto de dolor. Lo que sufría era duro, tenía además del malestar momentos de ceguera y reconocía a la gente solo por la voz. Se ponía un poco gruñón pero no se quejaba.
De a poco se fue reponiendo, y su capacidad de trabajo nunca decayó. A pesar de sus problemas para caminar y su renuencia a usar el bastón nada le impidió hacer muchas mejoras a la parroquia. Renovó las canaletas de los techos e hizo la impermeabilización total, hizo instalar un equipo de sonido de alta calidad, arregló los problemas de humedad en el templo y las casa, reformó lo salones y la sacristía. Hizo la vereda a nuevo y también se encargó del mantenimiento de la casa de Caritas. La comunidad ayudaba como podía pero la mayor parte del dinero para los arreglos los ponía de su sueldo de capellán retirado. Se enojaba cuando alguien decía esto porque no le gustaba que la gente supiera de sus donaciones de dinero.
Alguien, una vez le preguntó, ¿por qué lo hace?, si usted puede usar el dinero para otra cosa. A lo que contestó: el dinero está y yo un día no voy a estar, así que prefiero que quede aquí en estas cosas que sí son importantes.
Si alguna persona dijo bien como fue el padre Hugo, es el padre Martín Puerto de los Camilos: en su casa siempre había lugar para todos – dijo en la misa excequial y la gente lo aplaudió. El hablaba con todos, recibía a quien sea y con todos compartía su tiempo y su mate. Trabajaba para la comunidad y con ella… lo hacía a su modo, claro, pero no se puede negar que conocía muy bien a todos. No hay duda que los miraba con el alma y el corazón.
Se fue de la parroquia sin despedidas. Los hizo un día de febrero, esperó que los scouts volvieran de campamento y anunció que se iba en ese momento. Todos quedaron shockeados, muchos lloraron, fue un día muy triste. El iniciaba el último tramo de su misión en este mundo y la comunidad empezaba a vivir sin él.
Por eso, el 30 de diciembre, los fieles de Santa Inés realizaron la más grande de todas las despedidas y dieron el adiós al que supo ser más que un párroco: fue padre, hermano, amigo y maestro. Que el Señor de la Vida lo reciba por siempre en su Casa.